Hace algún tiempo pinté un autorretrato. Simple y delicado.
Triste.
Lo tracé en papel mantequilla con tinta china, mientras escuchaba un cd de los Rolling Stones.
Mi autorretrato no tiene rostro. No tiene cejas, ni boca ni sonrisa.
Pero soy yo…. siempre yo.
Yo sin facciones ni ojos achinados, sin dientes alineados ni narices estruendosas, la mujer sin rostro tiene un nombre que se hace llamar como yo.
Yo espera, porque tiene el cabello al aire. Sonríe cuando hace frío y arruga los labios en el sol.
Cuando soy en tinta negra no tengo espacio ni tiempo, sólo existo en un cielo blanco, soy Yo en un lienzo virgen, en un pedacito de papel.
Hoy mi dibujo navega prendido en estas telarañas virtuales, pavoneándose en caras desconocidas. Hablando en rostros innombrables que no soy capaz de pronunciar.
Mi pedacito de alma en tinta china hoy pinta otros dolores y otros cielos, nombra otras mujeres.
Yo, encontró una nueva dueña. Ya no se llama Valentina, ahora la llaman Chio y sueño que llora cuando hace sol.

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