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Qué viva tu música

A Camilo

Cuando tenías pelo me querías un poquito más. Sé que piensas que mi afirmación es una lamentación barata, pero no es así. No señor. Desde que empezaste a perder pelo vos dejaste de pensar en mí. Me olvidaste por completo y me quedé metida entre las páginas del libro que mantienes bajo tu almohada. Ya soy la sombra de una fotografía en blanco y negro proyectada en tus pupilas. Un suspiro. El olvido que ya soy. Lo único que tengo claro es que me recuerdas cuando tocas para mí. Y casi siempre lo haces para mí: Ta ra ra ra ra ra ra ra ra ra.

Ta ra ra ra. Ta ra ra ra.

Todavía recuerdo cuando tus dedos larguísimos tomaban un mechoncito de mi cabello y lo acariciaban despacio. Lo hacías tan suavemente que yo cerraba los ojos y sonreía como si estuvieras paseando tus labios sobre mi ombligo. Mientras me besabas sin tocarme los labios imaginaba un nido de pájaros azules batiendo sus alas sobre mi cabeza. Tus dedos, todos blancos e infinitos, eran un parpadeo en la sien. Se perdían cielo arriba. Te ibas volando cielo arriba y en el firmamento de tu mano: yo también volaba.

Solía esperarte parada en el patio, con los cachetes apretados por entre la verja y los ojos buscándote incesantemente por entre los carros que subían. Procuraba quedarme quietecita para evitar perder tu imagen en un parpadeo inútil. Así, sin pestañear, de pronto aparecías. La bicicleta amarilla, el morral rojo colgando por delante del cuerpo, las rodillas llegando casi hasta el pecho en cada pedaleo y la sonrisa infinita. La carcajada inaudible. Vos ni me mirabas. Tu figura larga y enclenque era lo único que lograba diferenciar en medio de tanto humo.

Caía la noche y nos sentábamos en la piedra dispuesta sin gracia en medio del solar, sacabas tu vieja carta astral y me enseñabas las constelaciones. Las estrellas en lo alto estaban calladas. Inertes, inmóviles y silenciosas. Pero acá abajo las hacíamos reír a carcajadas. Vos les diste voz. Y ahora sé que soy la única que tuvo las estrellas como nadie las ha tenido jamás, pues fuiste tú quién me regaló las estrellas que sabían reír. Con la boca al cielo me tomabas entre tus manos y apretabas mi vientre con tal fuerza, que cada carcajada era una punzada de dolor en la cabeza. Cada estruendo era una piragua de estrellas en cámara lenta por-entre-los-párpados. Las estrellas se reían y yo me perdía en silencio acostada sobre la gran piedra solar.

A veces aparecías silbando una melodía inventada. Me tomabas de la mano y bailábamos descalzos lo que estabas componiendo. En otras ocasiones gritabas a todo pulmón las letras de un tango en rojo que evocaba tus amores de arrabal. Los amores viejos. Los que yo odiaba. Esos días que cantabas con tristeza tarareabas sin sabor. Yo sabía que no debía buscar tus labios o regalarte una sonrisa, sabía que no veríamos estrellas sobre la piedra circular ni que bailaríamos descalzos al compás de tus amantes. Te servía una aromática caliente y me encerraba en el cuarto. El olor a whisky era esa sinfonía que tocabas una y otra vez.

Una y otra vez.

Una. Y otra Vez. Borracho en el sueño parabas. Stop: después de 40 conciertos ininterrumpidos, siempre de whisky, siempre 40, siempre tres tangos rojos. Los dedos de pianista me los debes a mí. Fuiste tú quien se ofreció a llevarme a las clases en la academia. Pasabas por mí, cargabas mi morral azul oscuro y escuchabas mis historias con atención camino a las clases que mi padre había costeado.

Decidió hacerlo porque yo había nacido con unas manos grandes, y a papá le dijeron que las mujeres de manos grandes serían pianistas.

Nunca me preguntó si yo quería serlo. A mí nunca me gustó el profesor, me gustabas más vos sentado en la silla mirándome a través del cristal, con mi lonchera entre tus manos y los ojos perdidos por entre mi cabello. Pronto me cansé de la monocromía del teclado y entonces intentaste aprender y te convertiste en el alumno. Pasé a ser quien se sentaba en la silla a esperarte con la lonchera entre las manos mientras te transformabas. Yo buscaba tus ojos pero estabas ciego. Te miraba. Sonreía de lejos. Lo entendí y callé. Siempre cerraste los ojos cuando tocabas piano. Aprendiste a mirar con la punta de los dedos.

Llegaron a contratarte en un manicomio de muñecos y fuiste por mucho tiempo el músico principal. Entre títeres y marionetas fuiste creciendo solo. Yo ya no hacía parte de la obra. Sentí rabia ¿Sabes? Me mordía los labios de envidia. Con los años comenzaste a estudiar. El tiempo ya era poco. Te fuiste. Dejaste de tomar la diadema que inútilmente pretendía arreglar mi cabello hacia atrás y ya no la ponías sobre tu cabeza y ya no cantabas canciones falseando la voz, y yo ya nunca más volví a reír junto a ti.

Las estrellas fueron silencio. Todo calló en casa. A veces hasta me sorprendía pensando estar muerta porque no escuchaba el paso de la sangre por el corazón, y como una loca corría a tomarme el pulso mirándome al espejo. Todo enmudeció menos el piano que en las noches acariciabas una y otra vez. Cuando eso sucedía yo me retorcía de placer en la cama, mordiéndome los labios e imaginando que era yo en blanco y negro para vos, que era yo quien cantaba, que era tu música. Tu principio y tu final.

A pesar de todo tus dedos siempre sintieron esa extraña necesidad de rozar mi mechón. Te controlaba con mi cabello. Pasaba por tu lado y sabía que temblabas al verme. Pero entonces pasó lo inesperado: un día me pediste que cortara un pedazo y te lo regalara. Estaba tan sola. No tuve más opción que dártelo. Te entregué mi vida en una cascada luminosa y tú tan solo recibiste un pedazo de pelo manchado por el sol. Uno más.

Pasabas horas y horas sentado en el corredor con una pila de papeles arrumada sobre la mesa y con el mechón amarillento entre tus dedos. Lo tomabas mientras tarareabas canciones y en tu lengua se marcaba el compás de una próxima canción. Lo acariciabas lentamente. Cada fibra presionada por entre tu piel. Tus manos creaban sólo cuando él estaba cerca. Pasabas días enteros escribiendo con el mechón de peló entre tus dedos. Empezaste a querer tanto ese cachito de pelo amarillo que yo comencé a odiarlo porque había apartado tus hermosos dedos blancos de mi cabello. Lo lavabas, lo mimabas y con cariño lo cepillabas con la peineta de plata que habías comprado especialmente para acariciarlo.

Era tal mi desesperación que en ocasiones me acercaba hasta el punto de poner mi coronilla resplandeciente sobre tus ojos, guardando la vaga esperanza de que tomaras un pedacito entre tus dedos y le dieras brillo. Que tal vez regresaran los pájaros que se habían ido por un tiempo, y que como las golondrinas, regresaran tras un pesado invierno. Pero tu tacto se perdió. Mis esfuerzos fueron en vano, era demasiado tarde y ya habías crecido más de lo acordado. Con un gesto infantil dabas dos golpes secos sobre mi cabeza y seguías tu camino hacia adelante. Los pájaros se habían ido para siempre. Volaste cielo arriba y ya no me tomaste de la mano.

Empezaste a fumar y a tomar más de lo acordado. El gramófono en el estudio sonaba de día y de noche. De noche y de día. Los discos de vinilo eran todo lo que necesitabas. A veces hasta el whisky te lo inventabas con Piazolla de fondo. Yo te espiaba. Te veía gritarle a un fantasma: “¡de qué te reís guevón si sólo vos me ves” y después echar a llorar como un niño perdido. Ellos te dieron todo amor. Te acompañaron y alumbraron tus fantasmas. Todo menos lo que yo te entregué. Ese pedacito de pelo amarillo no podía dártelo nadie. Y eso me hacía sonreír por entre los vidrios del estudio. Qué alegría la pena que sentías. Qué fortuna verte sufrir.

Prendías un cigarrillo y repetías una y otra vez, «vení volá sentí«. Sí, nunca te dieron un cacho de pelo, vení, jamás te lo ofrecieron, volá, y tú nunca se los pediste, sentí. Lo sé porque en las noches te observaba y veía que tus dedos mimaban mis hilos dorados mientras en el aire tocabas las notas de un piano inexistente. Perdiste la cabeza amor, me dije. Fui feliz de saber que habías perdido la cordura por mí.

Acostada en el cuarto escuchaba tu canto rasgado a media luz: “salgamos a volar querida mía. . .” y yo sabía que todavía existía en una cascadita de cabellos amarillos para acariciar. “Subíte a mi ilusión”, y tus dedos recorrían mi cuerpo: un mimo en el cuello, dos caricias en el vientre. Cuando llegabas a las rodillas crispabas los dedos, y mis piernas como una cola de sirena se enroscaban en la punta.

Vamos a correr por las cornisas con una golondrina en el motor

Hoy una marcha turca invade los corredores del lugar y te recuerdo como la primera vez. Me gusta. Ya no tienes pelo y el mechón reposa en el fondo de un cajón. Ya no lo necesitas para escuchar ni para escribir ni para cantar. Cuando suena la música de fondo, por los altoparlantes del lugar, te veo llegando a la casa en una marcha eterna. Montado sobre una bicicleta amarilla, silbando las notas oxidadas de un tango rojo. En este nuevo lugar nos ponen música para que mantengamos la calma. Pero ellos no nos conocen amor. Ellos no saben lo que pasa cuando suena un piano en el fondo.

Dicen los médicos que soy un caso perdido. Ellos no saben que lo único que quiero es encontrar en mi cabello el vestigio de esas manos que ahora tiemblan al rozar las teclas de un piano viejo. Dicen los enfermeros que necesitas un piano cerca para no estallarte las muñecas. Es lo único que te tranquiliza.

Mi caso es más serio. Y es que como nunca volví a ver estrellas reír, ahora disfruto hablándoles en las noches desde el alféizar de mi ventana. Decidí no volver a usar zapatos para poder bailar con tu sombra cuando tengo miedo, y mientras invento en mi memoria aquella canción que escribiste, escucho tu voz susurrándome al oído que «Elisa es para vos» y tararea tu voz una melodía inútil. . . «para vos Elisa» y tu recuerdo se pierde en un suspiro.

Una y otra vez los acordes se hacen más fuertes, Ta- ra- ra-ra y no hago más que arrancar frenéticamente mi cabello: pelo por pelo. Sí: pe-lo-por-pe-lo. «Para vos Elisa» y quiero que mis manos sean un par de pájaros azules y las notas crecen y arranco una hebra y otra más y de repente salgo volando por encima de esta celda gris. Ta- ra – ra – ra – ra –ra –ra –ra –ra …»Para vos»… para que cuando llegue cielo arriba me tomés de la mano…»E-li-sa”».. y me susurres al oído que es «Para vos Elisa, para vos».

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Comentarios

  • Valentina: Que hermosa recopilación de imágenes y de momentos los que hay en este cuento. Me gustó mucho la verdad. "Las estrellas empezaron a callarse, se silenciaron con el tiempo. Todo calló en casa, a veces hasta me sorprendía pensando estar muerta porque no escuchaba latir el corazón, y corría a tomarme el pulso mirándome al espejo." Genial…
    Bacano haber encontrado este sitio. Un saludito.

  • Bienvenida a La Rayuela Laura =D… no sabes que grato es saber que estas letras no se pierden en el viento, sino que encuentran en cierto ojos y ciertos corazones un lugar para anidar. Siempre es bueno encontrar refugios en medio de tantas letras virtuales. Leeré también el tuyo porque yo también busco refugio.

    Felicidad para ti

  • Valentina, ten la seguridad de que tus palabras y escritos son un placer exquisito al gusto y una caricia para la imaginación.
    gracias por compartir ese regalo que te dio la vida… saber escribir, tocando el alma de quien lee.

    un abrazo grande.

    Johana Muñeton (Joha Muñe)

  • Hola, a falta de correo electronico te pongo esto a modo de comentario, estaba empezando a leer esta historia, y me ha parecido que hay mucho talento, yo también tengo unos relatos que me gustaria que leyeras si no es muy pronta impertinencia. Te mando saludos y qué bueno que tadavía quede personas como tú en este planeta.

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