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Una plegaria en lengua materna

Esta imagen corresponde a la obra realizada por la artista Viviana Ángel Chujfi, en el marco del proyecto Laboratorio Creativo: Casa de Vacilación.

12 de octubre de 2020

Un lugar común: una iglesia. No recuerdo el día ni el año, pero sí el lugar. La iglesia de María Auxiliadora, al sur del Valle de Aburrá, en Sabaneta. Mi tía Piedad me llevó para comprarme un San Antonio. Me lo regaló y me dijo “que su papá no se dé cuenta”. Yo tenía unos 16 o 17 años, y quería un novio. San Antonio era la respuesta para el desamor (lo que a esta edad ya comprendo cómo libertad).

Lo único que tenía que hacer era quitarle a su hijo, esconderlo en papel periódico debajo de la cama, o ponerlo boca abajo. Así la providencia se encargaría de darme el anhelado hombre para que acompañara mis noches en vela.

San Antonio me ha acompañado por más de 15 años: entre las medias de colores de un cajón en la casa de mis papás, bajo los libros, en medio del desorden y el rencor. Viajó conmigo por varios apartamentos al occidente de la ciudad. Se perdía. Lo exhibía a veces sin pena, otras con gloria por lo que significaba. Hace más de 3 años volvimos a Las Brujas, tras algunas lágrimas y unas separaciones. Voy a ser honesta: hubo temporadas en que lo olvidé por completo. Aparecía metido entre las runas con las que me leo el destino o escondido con algunas monedas viejas.

Hace algún tiempo (perdón por lo imprecisa, pero es que no lo comprendo todavía) San Antonio estaba sin su hijo … ¡Entré en pánico! Quería devolvérselo para no seguir sufriendo. Seguro por eso el hombre de mi vida no había llegado a mi puerta. Todo tenía sentido: no le había cumplido nunca la promesa. No tenía palabra.

Desde el año pasado San Antonio llegó a la nueva villa en donde ahora vivo. Metido en una cajita de metal e inmóvil ante el paso del tiempo. Carga a su hijo en brazos y no hay peligro para el desamor. Todo está bajo control.

El asunto es que el desamor llega, tenga él a su hijo en brazos o no. Y ahora que vuelvo a encontrarme frente a mi espejo, a mirarme directamente a los ojos y a descubrir todas las arrugas que el tiempo que no comprendo ha dejado en mi cuerpo, ahora es que entiendo que siempre estuve rezándole a los santos que no debía. Confiando en los hombres que no debía. Olvidando lo más precioso y preciado que tengo en mi vida: mi propia, bendita y absoluta voz.

Por eso hoy, entrego a la Casa Encanto, a la vacilación insospechada del encuentro conmigo misma, esta ofrenda de amor infinito y verdadero al arte. A la Valentina de antes, de ahora y de siempre. A lo que llevo dentro, a lo que siempre he querido y siempre había olvidado bajo mi almohada.

Que los tiempos venideros reciban esta plegaria como una oración al único y verdadero amor que quiero en la puerta de mi casa: el que vive y duerme conmigo, todos los días con sus noches; el que por dentro aletea como un búho cada que empiezo a escribir, a cantar, a pintar.

Una oración en lengua materna por todas las obras inacabadas que reposan en mi pecho, por el cementerio de sueños que soy, por las tareas no hechas. Por los cuadros que no he pintado, por las canciones que no he escrito y los besos que no me he dado.

Hoy entrego este San Antonio al Arte. A donde realmente pertenece. Al lugar de siempre. Al principio y al final. Al útero invencible que somos cuando tenemos la valentía de crear.

Gracias por la voz que vuelve. Por el brillo en los ojos y el dolor en la muñeca. Gracias por el sueño profundo del proyecto inacabado que soy yo misma.

Valentina, a solas contigo, prometo quererte siempre y que nunca vuelvan a hacerte daño.

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