El papá partió dejando muchas cosas a su paso: una familia … para empezar. Para empezar y para terminar. Cuenta mi mamá que se conocieron en medio de una jornada de salud en una de las muchas lomas de la Medellín de los años 80. Tengo la historia de un carro que lideraba una caravana y que no se quería mover hasta que «la odontóloga más bonita de todas» se montara a su lado. Luego de su muerte llegó a nosotras una historia más dulce, menos normativa. Un círculo y un juego. Besos que iban y venían. El que iniciaba el círculo, mi padre, debía recibir de quien lo finalizaba, mi madre, una cachetada. La mamá no fue capaz de pegarle, así que lo acarició con suavidad. El papá no olvida ese momento. Quedó fulminado por su insoportable belleza. Y yo hoy agradezco saber que fue la suavidad de una caricia lo que los unió, y no la soltura y el desenfado de un carro que no se movía.
Nosotras estuvimos siempre a su lado, a su costado, por encima y por debajo de su sombra. Sosteniéndonos, alentándonos. Amándonos por encima de todo. El papá se fue y su consultorio fue un retazo de su existencia, de su paso por esta tierra. Allí atendió con generosidad a todos los que llegamos con el corazón partido, los que no queríamos seguir, a quienes nos asustamos con el dolor del cuerpo y del alma. Cuando era pequeña recuerdo que decía con todos los dientes que yo iba a durar toda la vida, porque mi papá me cuidaba el cuerpo y mi mamá los dientes. Hoy entiendo que mis padres y mis hermanas me curaron además el alma, la cabeza y el corazón.
Ricardo, con un corazón del tamaño de un león, atendió mi llamado para capturar los últimos instantes del hombre que me dio la vida. Aquí queda su paso por esta tierra. Aquí y en nosotras, que seguimos paso a paso su legado de humildad, amor y hermandad. La cabeza de mi padre era una cabeza como su consultorio: llena de historias y de datos, de palabras inventadas, de libros empolvados. De fotografías que aparecen en medio del llanto. Una flor, un árbol, una palabra en francés. Un grito en español. Su despedida en Latín. Se fue y nos negamos a dejarlo pasar. Lo llevamos adentro en cada paso que damos. Lo llevamos por fuera cuando sonreímos al recordar sus manos y su cuerpo. Duele tu partida, papá, pero celebro siempre, hoy y todos los días, tu presencia en esta vida. Gracias por demostrarnos el verdadero valor de una familia. Gracias por enseñarme sobre el amor. Gracias por hacerme fuerte, por confiar en nosotras, por darnos las alas que necesitábamos. Te amo papá. Me gustaría que leyeras estas letras como me leías cuando era pequeña, cuando me pedías que te leyera nuevamente las dedicatorias que te escribía en los libros que te regalaba. Y después, con caligrafía precisa, las volvías a escribir para volver a ellas.
Juntos aprendimos a escribir. ¿Lo recuerdas? Compramos un cuaderno de los supercampeones para escribir bien. Lo que no sabíamos era que estabamos juntos aprendiendo a vivir. Me lo dijiste: “a uno no le enseñan a ser padre” Uno aprende sobre la marcha. Y tú ya venías con un padre por dentro. El mejor de todos.

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