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Un amuleto

Soñé con un regalo para volver a empezar. El día anterior hablamos de los símbolos y pensé en el niño que, como en una piscina helada de más de 50 metros de profundidad, se sumerge en un libro.

Pensé en los sueños de la casa, en el dinosaurio que nos asusta al voltear por las esquinas y que es mejor buscarlo con un espejo para no mirarlo directamente a los ojos y morir en el intento.

Apareció en un sueño, lo compré en un viaje, estaba en una librería y lo llamé Theo. Su presencia es el honor a Vincent Van Gogh: el pelirojo que me hizo llorar en el D’orsay y marcó el camino de las letras y el asombro del teatro y de las magnolias y las hortensias.

Theo el que le escribía cartas y poemas. El marchante. Hoy su nombre reposa bajo una capa de pintura negra a causa del buen gusto.

La Inspiración: el regalo de la renuncia.

Así lo llamé.

Me tatué en la espalda un Exlibris que hoy cubro con una semilla. No importa si es angustiante, si no tiene forma, si no sabe ser. Esa soy yo en mi espalda queriendo justificar un libro abierto y en blanco que se escribe todo el tiempo… y eso ya vale la pena.

Un pensamiento: Llámame y recuérdame lo inmortal que soy.

No importa si tamiza y fragmenta la luz, o si la pule y señala. La renuncia es el regalo para que la luz traspase y brille por las heridas y los balazos que llevo por dentro.

Quiero entonces que repose en la casa de las palabras, de la linea fina y del papel inquieto. En la casa de los amigos: los viejos y los nuevos.

A Sergio gracias porque sabe a quién se le parece, y como una canción en medio de todo me dice: es hora de volver a mí.

Con un látigo: un don.

Le recibo. Me convoco. Me declaro hoy: Valiente Valentina.

Porque es siempre todavía.

Una inauguración, que es una bienvenida, también es una despedida.

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