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Abajo y a la izquierda

El día que incendiamos La Universidad, Lucho cargó toda la mañana dos botellas de plástico (sin etiqueta) llenas de gasolina.

Mientras el líquido caía sobre las hojas con los nombres de los nuevos alumnos y las matrículas a punto de procesar: sonrió. Su boca no se tensionó de manera especial. La comisura de sus labios ni siquiera se arrugó como cuando mentía y yo sabía que sonreía por dentro. Por primera vez no había nada oculto, sus dientes no escondían favores, no había miedos amarrados en su lengua. Las gotas aceitosas chocaban indistintamente contra la baldosa y él simplemente sonrió. Sonrió con todos los dientes.

La primera vez que me los mostró completicos estábamos sentados detrás del Museo Universitario, llevábamos tiempo de conocernos y uno que otro silencio incómodo encima.

Después de clase siempre caminaba tras mi falda buscando moneditas inexistentes tiradas por el piso de la Plazoleta Central. Yo me sentaba en la cafetería y me tomaba un tinto oscuro con dos de azúcar y él pedía otro y se sentaba a unas cuantas mesas de distancia. Después de dos cigarrillos se paraba y su mirada continuaba escudriñando bajo sus pies.

Por ese tiempo apenas arrancábamos semestre. Tras el paro habitual del mes de enero al fin en marzo pudimos comenzar las clases normalmente. A papá no le gustó mucho la idea de que estudiara Sociología, pero acalló sus palabras con rabia cuando vio la determinación en mis pupilas. Mamá nunca tuvo mucha voz (siempre habló pasito) y pocas veces votó por algo, entonces ni le importó opinar sobre el futuro.

Tal parece que toda su vida se la pasó buscando un hombre rico que la llevara a vivir como una reina y la sacara del rastrojero en el que nació y creció, el asunto es que sólo encontró un comerciante con grandes inicios en la Plaza Mayorista que con el tiempo enverdeció en un borracho, y que a duras penas le daba plata para comprar cremas y lociones en la Placita de Flórez. A pesar de todo, el borracho verde me quería a mí y a mis tres hermanos, y poco o nada le importó que yo me tirara la vida estudiando carreras que no retoñaban en medio de tantos aguacates podridos y plátanos desechos.

Por todo un mes caminó tras mis zapatos negros, siempre a unos cuantos centímetros: despacio y en silencio. Su presencia comenzó a impacientarme, entonces un día lo paré en medio de la búsqueda y le dije que cuál era la perseguidera, que qué era lo que quería, que hablara o dejara la bobada. Él no me miró, ni me sonrió, ni se inmutó. Paró como si por fin hubiera encontrado lo que por tanto tiempo estuvo buscando pero no se agachó a recogerlo, escarbando todavía por entre las piedras cafés y negras que delineaban las baldosas rojas me dijo con voz entrecortada que si “¿querés un tinto?”, entonces yo sonreí por dentro y por fuera y le dije que “claro”, que si “¿con una o dos de azúcar?” y él no me paró bolas y fue y los compró sin preguntar.

Sólo lo tenía por dos cigarrillos después de clase. Luego del silencio se paraba y se iba sin decir nada. Como dije, la primera vez que me sonrió estábamos sentados en la manga. Después de algunos mutismos con dos de azúcar un día decidió fumarse su par detrás del Museo y sin que me lo pidiera lo acompañé. Se recostó en un Guayacán que no florecía desde que comenzamos semestre y yo me acosté esperando cualquier cosa menos una palabra que proviniera de sus labios.

— ¿Qué hacés? — le pregunté

— Estoy fumando — contestó con la mirada fija en una estudiante de artes que pasaba en con una falda verde sobre una trusa negra.

— No. En la vida — repliqué mientras observaba las costillas de la bailarina perdida que caminaba hacia la biblioteca.

Me miró y sonrió…

—Vivo. ¿Y vos? — me dijo con todos los dientes.

— Vivo — le respondí también con todos los dientes.

Tomó la caja de fósforos de su bolsillo derecho y mirándome a los ojos prendió con dramatismo el cerillo. El eco de la chispa nos acobardó por unos instantes, pero cuando sentí la sonrisa en el rostro (y por por él), supe que estábamos haciendo lo correcto. También saqué, del bolsillo lateral de mi chaqueta de jean, una caja de fósforos. Con menos dramatismo y más velocidad lo prendí. Más se demoró en encenderse por completo que en caer sobre las nóminas inservibles de los profesores. Las hojas se retorcían hacia adentro y se me antojaron mariposas babilónicas, amarillas y escondidijas que esperaban a que Lucho encendiera otros tres fósforos y me tomara de la mano para correr hacia el Teatro.

Una tarde encenizada visitó sin permiso mis dos piernas. Con desgano recibieron su cabeza por unas cuantas horas. Nos habían cancelado la clase de Antropología y decidimos, en silencio y sin decirnos nada, acompañarnos una vez más.

— ¿Me dejás ver tus medias? — me dijo como quien pide un favor.

— ¿Mis medias?, ¿Y eso como para qué?— le respondí mirándole la boca.

— Para saber si vos servís o no — me contestó levantando la cabeza y mirándome los ojos.

Ese día me contó que Silvia – La madre- le dijo que las mujeres se conocían por la longitud de sus medias. Si eran hasta el tobillo, a la mitad de la pantorrilla o del muslo. Que él sólo quería saber, si además de lapiceros, yo también mordía alguna otra cosa. Me explicó que siempre comparaba las medias con las de Silvia: a medio muslo, con liguero y encaje.

Lo desacomodé mientras cuadraba mi pantorrilla para que pudiera ver hasta dónde llegaban mis medias. Un poco más abajo de la rodilla dejaban ver un espectro de negros, fucsias y blancos organizados en rombos alargados y filetes horizontales que tramaban hasta el inicio del tobillo.

—Ah, entonces sí servís — me dijo — Sos como buena para correr, ¿no?

El Tote le entregó una botella de vidrio con una mecha aceitosa. Lucho sacó de su bolsillo trasero un pasamontañas negro e intentó peinarse el pelo, me miró y entonces supe que no volvería. Sánchez, La Mona y El Duende ya estaban listos.

— ¿Qué necesitás que te diga? ¿Qué querés oir?

— ¿Cómo así?, ¿No me vas a contestar? — le dije mientras recibía el tinto caliente y el palito de queso.

— No tengo por qué explicarte lo que ya sabés, y menos justificarme con vos. No con vos. —

Abrí los ojos y le saqué la lengua.

—… Y tampoco con nadie. Entendé que lo que hacemos ya está más que explicado en las paredes de esta universidad. ¿Acaso necesitás que te aburra con mis diátribas sobre el comunismo y la igualdad social? ¿Sobre lo que han luchado nuestros padres? ¿Sobre los derechos que nos han arrebatado? … monita, a eso que murmuran las paredes en silencio le falta mi voz… tu voz y una que otra voz que también lo quiera gritar – decía mientras golpeaba la punta del cigarrillo contra su reloj.

— Es imposible que las palabras nos salven de lo inevitable — le dije mientras los dos cubos de azúcar se desintegraban en el café.

— No sé cómo lo hacen… pero logran albergarnos… y con eso basta.

En medio del humo logré ver sus ojos verdes encuadrados en el negro lana de su rostro. Me sonrió con los ojos y empezó a correr. Los gritos de los demás estudiantes ensordecieron los tiros y los bramidos de los policías, que filados en la calle, impartían órdenes y gases al plantel. A mi izquierda el Bloque Administrativo trajo el recuerdo de una lira clásica que cantaba en medio de una plaza. Estaba anocheciendo y junto a la fuente vi cómo una moneda esperaba perezosa en medio de tanto zapato sucio que corría hacia la salida. Cuando me agaché a recogerla escuché el disparo.

La lira enmudeció, el agua continuaba chocando contra la vida que se imponía vertical hacia el cielo y una lluvia insoportable aplacó los latidos de todos los corazones. Sólo esuché el mio. A pesar de las gotas, el fuego y los zapatos embarrados de quienes querían escapar del lugar, todo ruido calló bajo mis pies y sólo escuché su grito ahogado en medio del agua.

Guardé la moneda en mi chaqueta y corrí. Corrí como siguiendo un camino negro que nunca terminaría, corrí sabiendo que un fantasma inexistente volaba tras de mí y me iba a volar los sesos. Los tobillos se me hincharon, el agua se agazapó hasta en mis orejas y las lágrimas nublaron el horizonte. Me desmayé antes de encontrarlo tendido en el asfalto. Esa noche descubrí que, definitivamente, yo no servía para correr.

Dos meses después el Presidente de la República levantó el paro, los maestros recibieron sus sueldos y todo volvió a la normalidad. Restablecieron las clases y un busto sin nombre se levantó en medio de la plazoleta. La Mona me contó con los ojos brillantes cómo esa noche, después de que los tombos le dispararon desde afuera, los muchachos montaron a Luis en una puerta y lo pasearon por toda La Universidad mientras gritaban su nombre con miedo y dolor. Algunos se acobardaron y se escondieron en los baños. Otros no dudaron en salir corriendo para no tener que recordar nunca más.

Los más osados se unieron al desfile. La rabia les mordía las orejas, y entre llamas y vidrios astillados, subieron hasta la oficina del Rector. Su cuerpo descansó entonces rodeado de informes vencidos y de memorias obsoletas y allí lo dejaron hasta que un vigilante lo encontró a la mañana siguiente. A nadie metieron preso ese día. Los policías recogieron sus armas y se fueron tan rápido como llegaron. En toda la noche no se escuchó más que el crepitar infame de las hojas que susurraban lo imposible, aún cuando el fuego ya había sido extinto.

A Lucho lo mataron en la mitad de su única revolución. La revolución absurda que estuvo dispuesto a luchar hasta el final. Gritó todo lo que los otros callaron, atesoró lo que los demás intercambiaron en los parques y repartió los pedazos entre nosotros.

No gritó. No lo dejaron. Pero le susurró a los tiempos venideros esa palabra que tanto odian los correctos, y que ahora, el Presidente arroja a quienes sabemos de ella más que nadie.

Sé que en la quietud aún permanece. Ahora La Plazoleta lleva su nombre y el rector cree haber salvado el día. A su madre le entregaron una bandera verde y blanca que según cree el Presidente, hará las veces de hijo y confidente. Ella le llora al insípido pedazo de tela que no le devuelve ni siquiera una caricia amarga. Nada.

— ¿Vos sabes dónde queda el corazón? — me preguntó un día mientras por fin recogía una moneda de 20 pesos incrustada entre dos adoquines.

— Abajo y a la izquierda — me dijo al ver que no le contestaba — Abajo y a la izquierda —repitió guardando la fortuna en su bolsillo.

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