
Esta pequeña, muy pequeña libreta, me la regaló La Fichina.
Una niña de ojitos brillantes que se pierden en el norte y en el sur. Estas letras en particular me hicieron un alto en el camino: por el globo fraccionado, el cielo blanco, las manchas del tiempo y el tríptico inconstante.
No son imposibles Vendaval, no son lejanos. El cielo no es más que un espacio de un azul infinito, una nebulosa llena de estrellas y cuerpos desconocidos. Una cortina por la que nos espían los dioses. Una sábana larga en donde duermen los deseos.
Los sueños – posibles e imposibles- los guardamos en mitad del pecho, en la garganta y en la voz.

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