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Mi Conferencia

“Los libros siempre están lloviendo pensamientos asociados que afloran en una conferencia sobre la lluvia. Yo la llamaría una conferencia bajo la lluvia”

Parafraseando a Juan Villoro y su «Conferencia sobre la lluvia»

Y hoy digo: mi conferencia.

El asunto fue sencillo: un día apareciste en la puerta y me preguntaste: ¿Vos y yo por qué terminamos hablando? … No supe contestarte. Vos tampoco contestaste. Aunque hoy siento que lo tenés claro. Sé que tengo un blog, escribo, pinto, canto todo el día… se supone que soy muy buena con las palabras. Pero aquí te regalo un secreto (ojalá el primero de muchos): no soy tan buena como parece.

¿Hablamos de las primeras veces? Yo creo que sí. Y si no fue así, pues que sea el momento: esta sí que es la primera vez que tomo un lápiz virtual con la punta de mis 10 dedos para escribirte lo que no fui capaz de decirte. ¿Por qué? Porque ahora me importa. Porque antes siempre dejaba que pasara el tiempo y entonces la tierra en la garganta hacía lo suyo y ya no importaba si lo que dije tenía o no sentido. Ya había pasado el tiempo. Ya lo había olvidado.

Hoy no quiero olvidarlo porque estoy en un tránsito hermoso hacia un ser que amo y del que me enamoré (más de lo que ya estaba) desde hace un año largo: ese ser soy yo. Valentina.

Así que por mí, más que por ti, hoy te regalo estas palabras.

Sigo con la historia.

Llegaste, me preguntaste, contestaste. Yo me pregunté muchas cosas. Valentina Valentina Valentina. Dejá de ser tan confiada. Qué necesidad. ¿Qué estás buscando? El café de esa tarde fue delicioso.

Entonces te sentaste a la sombra de una hamaca muy triste y empezaste a hablar. Aparecieron tus viajes, tu juventud. Los paisajes que cargabas en tus ojos y en tu espalda. Los sueños que llevabas por dentro. Con tu voz toda clarita me contaste lo que sabías y lo que querías y lo que esperabas. Entonces fue ahí, justo en ese momento cuando se hacía de noche que te miré diferente. Te lo dije. Lo recuerdo. Te dije que era un regalo, un puto regalo que me hacía (nos hacía) la vida en una noche que quería llover pero en la que no llovió. Te dio calor y entonces me besaste. Temblaste tanto parce. Tanto que no sabía de qué tamaño era tu boca. Me acuerdo perfectamente del golpe en el pecho. Pum.

Hoy necesito hablarte y hablarme de los últimos eventos.

Demasiada verdad, ¿cierto? Yo sé que a veces cuesta soportarla. Y en mi caso: contenerla. Pero ahí empezó todo. La cantidad de historias. Quería darme a borbotones. Las historias afloraron, ebulleron, y a vos no te gustó. Lo supe. Lo dejé pasar.

¿Por qué me gustaste tanto?

Hago un alto en el camino.

Y es que quiero creer que la soledad es buena consejera. Que el tiempo que pasamos con nosotros mismos nos lleva a reconocer eso que realmente queremos, a lo que no renunciamos, lo que no perdonamos. Y me pareciste como sacado de un cuento. Demasiado perfecto para ser real. ¿Y sabes qué? No me asusté. Lo dejé pasar. Te dejé pasar y entrar.

Entonces pasó el tiempo. Las horas y la confianza. Y de la nada me sentí sola. Puff. Así como aparece una idea. No es reclamo. Te juro que no es reclamo, es la sensación que no voy a permitir que me vuelva a suceder. ¿Muy temprano? Sí. Pero es mejor reconocerla a tiempo.

En palabras muy sencillas: comencé a sentir que no era suficiente, que yo no era lo que vos estabas esperando encontrar al cruzar la puerta de mi apartamento, y además, que más tarde que temprano pues te iba a desilusionar. ¿Muy temprano? Seguro que sí. Tal vez. Es un sí. Bien lo dijiste tu: mis tiempos son diferentes a los tuyos. Y ahora que lo digo, que lo pongo en palabras … esto suena dulce. Porque no hay nada más hermoso (y preciso) que una verdad dicha a tiempo.

No pienso mostrarte nada que no sea. Lo siento. Podría no haberte escrito estas palabras. Es más, puedo escribirlas y no enviarlas. Dejarlas para siempre aquí en la memoria del computador y que la arena haga lo suyo. Pero ya ves que no. Esta vez no lo dejaré pasar.

¿No fueron suficientes las palabras, ni las manos ni los besos? Para mí no. No sé si para vos. Igual no me corresponde hablar o pensar por ti. Solamente lo hago por mí y para mí. Para recordarme siempre que primero y antes de todo estoy yo, y está mi soledad. Y mis tiempos y mis acuerdos y mis propias condiciones.

Te abrí la puerta y esto fue lo que te encontraste. Hombre, nadie te iba a pedir matrimonio. Nadie quiere nada de lo que vos no querés a este momento. Esas no fueron las opciones ni las insatisfacciones. No es necesidad de control. Por el contrario, es la necesidad imperante que tengo de avasallar lo que me sucede con lo que acontece adentro. Y mi adentro no es sencillo. Es explosivo.

No me gusta saber que no puedo ser yo con vos. Así completica y real y brillante como soy. No me gustó saber (sentir) que necesito contenerme porque si no qué susto tanto vendaval. Pues no señor. De la contención yo no conozco. Lo mío son las palabras (imperfectas). En el momento en que siento que deben salir.

Y si hablo y después callo, pues esos silencios valen oro.

Me gustó mucho tu tranquilidad. La forma en cómo no interrumpís mis rutinas. Lo silencioso de tu tacto. Lo fantasmal que puede llegar a ser tu presencia. Increíblemente cómoda para quien vive pisando fuerte, muy fuerte, y todo se le quiebra. Como si caminaras sobre un tapetico de seda. Como si estuvieras lloviendo a cada instante. Es que sos una de esas lluvias que uno no siente pero que sabe que están ahí. Silenciosas. Incoloras. Asombrosas. Así sos vos. Y eso me encantó. Léelo bien: me encantó.

Entonces no puedo culparme por reconocer las cosas. Y reconocer que adoré tu forma de dormir y de mirarme cuando te despertabas y de decirme: Valentina una y otra vez. Y tus manos y tus dedos y tu espalda. Y no hombre, no estoy enamorada de vos, cálmate un poquito. Solamente reconozco lo que siento y cada vez soy más sincera. ¿Te acordás? Y ya no entiendo los paraguas ¿ves?

Decirte eso es abrumarte con mi canto. ¿Sí? ¿Decirte eso es exigirte que vayas a mi ritmo? No. Solamente es decirlo para que no me quede una pesita en el pecho. Porque odio las piedras en la garganta. Por eso siempre he preferido la arena.

Qué necesidad de ritmos que no se acompasan. Ninguna. No en mi vida. Amé verme en tus cuentos y en tus ojos. Una limón color a limón. Eso fue hermoso.

¿Qué problema hay en sentir tan rápido? Perdona que te lo pregunte. Cuando encuentres el libro de ciencia en el que se hable de los tiempos y de los adverbios perfectos. Por favor tómale una fotocopia a ese capítulo y lánzalo por la ventana. Un día que llueva así como te llovió hoy. Seguro el árbol del frente de tu casa entiende más del tiempo que nosotros dos. Y le preguntás después si estuvo bien. O si estuvo mal. Ese man tiene la respuesta.

Y ya no más el miedo a ser quién soy y como soy. Aquí me voy a quedar sentadita mirando por la ventana. Que cuando llegue el día del famoso juicio final, me voy a guardar los gatos en el bolsillo y unos cuantos libros. Y como dices tú, y como digo yo: todo estará bien.

Que tus pasos sigan siendo dulces y sencillos. Son tan bonitos hombre. Tus pasos.

A la final pienso que no toda la culpa es de mis tiempos y mi presencia que atropella y que asusta. La velocidad de mis paso además tuvo el infortunio de tenerte cerca mucho, mucho tiempo. Fue un exceso en todo el sentido de la palabra. Demasiado tiempo, demasiados besos, demasiado tu. Mira vos como ya se viene el síndrome de abstinencia. Con tal y no partamos de Delirium Tremens, entonces: todo estará bien.

No pienso cambiar, ni bajar mis revoluciones. Así como tus pasos silenciosos son hermosos. Las mías son brillantes y asombrosas.

Hoy leímos Conferencia sobre la lluvia y llovió. Tenía que decírtelo. Recuerda siempre: un 25 de abril te dije que ya no tenías nada que enseñarme. Y mira como te mentí.

Dejé de luchar con la corriente… con mi corriente. Tan bonito eso. Que hermosa disertación sobre la contención. Y si no me entrego a cuenta gotas pues yo permito que el torrente de emociones salga como viene.

¿No me crees?

Vuélveme a leer.

Una y tantas veces como sea necesario.

Y tengo que volver a decirlo: no siento para nada no ser lo que esperabas. No me interesa ser nada de lo que esperas en una mujer. Me basta con ser yo, y abrazarme así bajo la lluvia torrencial que soy cada que me quiero enamorar.

Y mientras el mundo arde, y a vos te gusta ver el mundo arder, yo ardo por dentro y así me siento muy bien. Mero verso.

Una conferencia.

Sí.

Mi conferencia bajo la lluvia.

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