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Sin palabras para el olvido

Valentina con buena memoria: toda cuerda, toda sensata. Releyendo libros y esperando el final que ya conoce. ¿Supiste que Julio va a sacar un nuevo libro? se va a llamar «Papeles Inesperados», apenas para los que vivimos con ganas de encontrarlo sentado en un café sin nombre (o con uno francés), escribiendo en un cuaderno azul oscuro mientras se fuma un cigarrillo.

Hago una pausa: me encanta fumar

No puedo hablar con propiedad sobre su partida, ni sobre sus letras ni su aliento. Sólo sé que cuando se fue, fue todo silencio. Lo digo porque me gusta el teatro. Digo que nos embriagó un silencio lento y pesado. Gris plomizo. Los ecos de su voz son suaves como una brisa caliente en invierno. Una brisa de invierno. Sus palabras se meten por entre los oídos como un terciopelo azul que desacomoda las membranas. Como quien tiene una piedra metida en la garganta (pero no hablemos de piedras en la garganta que hoy no estoy para eso).

No recuerdo hace cuánto lo conocí. Creo que fue con la autopista al sur o el incendio prolongado. Sé que lo confundo con los relatos salvajes. Borro todo lo demás. Hoy bendigo la mala memoria. Porque una tortuga que vuela, una casa llena de conejos y un músico de jazz fumando desnudo en un cuarto de hotel, son una novedad.

Una estrella innombrable que no recuerdo

Sus historias cambian con mis horas. Caminan y huelen lo que piso en este instante, al sabor que llevo dentro. Julio es un gato sin tiempo (y sin dueño) que camina por los tejados de las casas viejas. Y mirá como otra vez traigo las palabras de otro. De Joaquín. A vos que no te gusta. Y ya ves. No me importa.

Los recuerdos son una cosa. La memoria otra. Mi cabeza es una vaina de lo más compleja: una vitrina con peces de hielo. Una caja con copos de nieve que el agua que es tiempo derrite. Se pierden, y de vez en vez (cuando hace frio o duermo con la ventana abierta), regresan las viejas formas y entonces sonrío porque recuerdo. Pero nada, se van, regresan, vuelven y se diluyen. Así una y otra vez.

Con los copos de nieve pasa igual. Pero como están en una cajita de madera duran más tiempo. Fíjate en las formas: almidonados como una carretera. Cristales perdidos. ¿De qué me sirven semejantes recuerdos artificiales y estudiados? tan complicados. A veces no los logro descifrar y se pierden. Entonces me los invento.

Recuerdo por ejemplo el primer libro que me regalaron: de pasta blanca con ilustraciones en tinta negra y un poquito de azul. Las Mujercitas. Recuerdo también mis manos llenas de puntos de colores: marcadores prismacolor; los limones a lápiz, el HollyRanger que vendía Cata; los regalos que me compró mamá para jugar amigo secreto. El día que tiré la puerta del carro tan fuerte que lloré después debajo de un pupitre. Las puestas de sol en Ladrilleros, el Karina en el fondo del pacífico, la carta al Negro Camacho, el Palacio sin máscara. Las brujas y los tenis negros. El mono y sus besos que no fueron y que me invento. El principito y el hada en el pecho. El piercing en la lengua. Las pestañas postizas. Romero. El aguacero en un concierto por entre los vagones del metro. Una caminata hacia el Estadio. La cobija que me llevó papá después de que me tumbaran en San Juan. Los gritos de Naty, la casa de Naty, el camarote de Naty. El día que jugamos a ser superhéroes. La cicatriz de una mujer maravilla. El profesor debajo del agua. Una aguja en mi ojo izquierdo. El Vafor (sí, va-for) en un tablero verde escrito con tiza blanca. Primero de primaria. Maria en el otro salón. La lonchera verde. El jugo de mora. La coquita con salchicas picadas con mayonesa. El juego de los Locos Adams. Las tortugas Ninjas. Los zapatos de Lina. Claudia en embarazo. Luchi cantando con una seda entre los dientes. El almuerzo en casa de los papás. El día que me llamó mi jefe y me regañó. La picadura de una abeja en el cuello de una niña que llora. Las hormigas subiendo por entre mis piernas. Dispoe. Los regalos de cumpleaños. La comida en guanteros. El amor después del amor. Un ron con Al lado del camino de fondo. Las fotografías de familia en un segundo piso. El nacimiento de Aleja.

Ahora las golondrinas. ¿Las golondrinas? Te preguntarás. Sí, ahora vamos a hablar de las golondrinas que salen de mi cabeza. Un cuadro por terminar que tengo encima del closet. Puro séptimo arte. Puro cine francés medio mudo y amarillo. Vos me conoces ¿Será? Yo quiero creer que tengo un teatro en la cabeza.

Digo que olvido con facilidad, pero es que me gusta lo surreal de lo que se supone ya perdí. La verdad es que me gusta el olvido. Freud habla de una inconsciencia en la que reposan todos nuestros recuerdos. Recuerdos enclaustrados. Una presencia escondida. Si miras bien, y entiendes, sabrás golondrinas nunca se van del todo. Cuando quieras te muestro mi cuadro. Está en el estudio de la casa de mis papás.

No te voy a negar que al olvido le temo con todo el cuerpo. No quiero envejecer. No quiero olvidarme tan fácil del mundo. Pero por entre los dedos se me cuelan los recuerdos. Se fueron por el sifón. Ya pasó. Qué fácil es decir que nunca te voy a olvidar sabiendo que ayer perdí unos audífonos y el lunes los cigarrillos.

Cortázar no se ha ido. Lo sé porque aún maúlla metido entre las tejas grises de una casa abandonada. El muy bandido se ha comido los peces de hielo. Lo pillé una noche mientras me decía (en un susurro) que “no hay más que los momentos en que estamos con ese otro al que creemos entender” y con su erre gutural me repetía que “al final sólo queda un álbum de fotos… de instantes fijos” y así se alejó, sonriendo, con mis pececitos entre sus garras y un cigarrillo en la boca.

Como si el olvido para él fuera sólo un chiste.

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